Historia

En 1938 Vicente Huidobro, hereda de su madre, el predio “Lo Huidobro”. Con el tiempo, se convirtió en el lugar preferido del poeta, pues le permitía estar en contacto con la naturaleza, cerca del mar, escribir sin interrupciones e invitar a sus amigos escritores, pintores y científicos.

Enrique Bunster, escritor y periodista, escribió “la sopa Oceánica era el plato sensacional en la casa de Huidobro. Estos veraneos del autor de “Monumento al Mar” no dejaban de ser singulares”. Las largas conversaciones sobre el estado del arte y del mundo, sobre su futuro, eran interrumpidas por interminables “partidas de belotte que solían terminar en peloteras… Vicente hacía trampas y luego pedía perdón: todo esto por nada, jugaban como los niños al de pórver, apostando porotos o palitos de fósforos”.

Entre 1939 y 1947 vive indistintamente entre Santiago y Cartagena. A finales de 1947 viaja a Cartagena para pasar el año nuevo y muere el dos de enero de 1948 en su dormitorio.

Posteriormente, “Lo Huidobro” se lotea en 23 sitios, y la casa pasa por diversos propietarios. Finalmente, en enero del 2010, es adquirida por la Fundación Vicente Huidobro con el propósito de convertirla en un Museo, abierto al público. Ese mismo año se lograron los fondos, para la habilitación museográfica del Museo, a través de un Proyecto Bicentenario financiado por el Consejo Nacional de la Cultura. Lamentablemente el terremoto del 27 de febrero de 2010, produjo graves daños en el inmueble por lo que hubo que hacer un nuevo proyecto con el fin de lograr el financiamiento para la restauración de la casa. Se postuló al “Programa de Apoyo a la Reconstrucción Material” y recibimos los fondos a fines del mismo año.

La museografía tuvo que esperar un año mientras las obras de restauración dejaban la casa en condiciones para recibir la colección, terminándose en marzo de 2013.


Vicente Huidobro en Cartagena - Testimonios

"...en los meses que vivimos jugamos todos sin cesar. Para un cumpleaños en Cartagena contratamos a la banda municipal, la escondimos entre los árboles y vestidos de reinas, príncipes y pajes, entre marchas, gritos guerreros y vino, lo coronamos poeta nórdico anti-súrdico, y súrdico antinómico"

(Godofredo Iommi, 1981)

Al Galope por la Orilla del Mar...

"...alguien recordó que Neruda pasaba sus vacaciones en El Tabo y que solía asombrar a las muchachas con sus extrañas vestimentas hindúes. Se propuso, de inmediato, asaltar la casa de Neruda y secuestrar a su dueño por el resto de sus días. Como es fácil suponer, la proposición encontró la más delirante de las acogidas, comenzando en el acto los preparativos para la invasión. Vicente, con una sonrisa que tenía muy poco de beatifica, nos informó que su hermano Domingo, el pintor [escultor], tenía en su fundo de Llolleo una valiosa colección de armaduras, espadas, arcabuces, escudos y corazas antiquísimas, incluso mallas de acero para preservar las cabalgaduras.

Al día siguiente fuimos a Llolleo y obtuvimos en préstamo del coleccionista, después de un agotador convencimiento, los más absurdos implementos de guerra: lanzas, machetes, sables de doble empuñadura, cimitarras y ballestas del año del Rey Perico. Y como si esto fuera poco, don Domingo nos prestó los caballos más viejos, flacos e inverosímiles de su fundo. Eran unos jamelgos duros y acartonados, sobre los cuales parecíamos una mezcla fantasmal de don Quijote, el Cid y Cantiflas.

Con esta facha circense y ambulatoria, cruzamos una tarde, en número de once, la terraza de Cartagena, en procura de la conquista del reino prohibido. Hacía un calor de los mil demonios. Resonaban los cascos de los caballos. Crujían las mallas y armaduras. Tanto era el sudor de los rostros ocultos y tanto dolían las heridas de las antiguas batallas, que antes de haber cabalgado dos kilómetros uno de los soldados tuvo la genial idea de pasar a tomarse una pilsener. Y allí mismo terminó la invasión. A medianoche nuestro ejército diezmado e irreconocible por la tierra, vencido pero alegre por efecto de las muchas libaciones, volvía cantando por la orilla del mar, dueño y señor de la más desordenada trifulca."

("Al Galope por la Orilla del Mar..." por Mario Ferrero. En diario La Nación, 30 de mayo de 1965. pág. 4)