Historia

La muerte de Vicente Huidobro (Testimonios)

“El viernes 19, mientras yo almorzaba en mi casa, algo tarde, llegó sorpresivamente Lucho Vargas. Me comunicó: ‘Te traigo una mala noticia. A Vicente le dio un ataque cerebral’. No nos alarmamos en exceso, Vicente era un hombre joven, de bastante vitalidad, y de esos ataques suelen muchos recuperarse casi completamente. Lucho partiría al día siguiente a Cartagena. Yo iría tal vez el 25.

Mientras subíamos por la colina en donde está ubicada la casa, el tiempo iba variando bruscamente. De un sol abrasador y un cielo limpio, pasamos en pocos momentos a un cielo cubierto de pesadas nubes y una llovizna que excitaba los nervios. Juro que un aire de muerte planeaba espesamente por sobre la heredad. Las verjas abiertas, los caballos que ramoneaban entre los árboles con que el propio Vicente pobló la colina, el silencio especial como de objetos abandonados de toda mirada humana, todo me aplastó el corazón cruelmente.

Conversamos con Manola en el jardín, en el mismo banco de madera rústica que él había puesto bajo un pino y que evoca algo de la dulzura de fray Luis de León en su huerto. Médicos y enfermeras alojaban permanentemente en la casa. Había prohibición de visitar al enfermo. Éstos y otros detalles me indicaban que el asunto iba mal. Ese día se había agravado. La noche de Año Nuevo, con el repicar de las campanas y el chisporroteo lejano de los cohetes de la ciudad, se había sobresaltado y erguido nerviosamente en su cama. A veces no reconocía a las personas...

Así iban pasando las últimas horas del poeta. Sopor, inconciencia, conciencia “crepuscular” —como la definieron los médicos— a veces intranquilidad, angustia.

Caía la tarde en ese 1 de enero de 1948. Verdaderamente “caía”. Insistí nuevamente ante Manuela: “Quiero verlo un segundo”. Era imposible. Los médicos habían opinado que era preciso evitar esfuerzos de atención o emociones al enfermo. Yo no podía insistir más. Yo no podía decir a la hija que me parecía que si no lo vería entonces, ya no lo vería nunca más. Ella creía que iba a mejorar. Vale decir, quería tenazmente sujetarlo a la vida.

El viernes 2 llegamos a Santiago. Telefoneé alrededor de las 5 de la tarde al doctor Soto Rengifo. En ese momento hablaba con Cartagena. Vino pronto al fono. Le inquirí con presura. Su respuesta fue categórica, sorpresiva. Terminó. Terminó, ¿qué? ¡Vicente!. Sí. Todo había terminado.

Al día siguiente partí con mi mujer a Cartagena y llegamos allá alrededor de las 4. En la terraza de la casa, Braulio Arenas y Pilo Yáñez paseaban lentamente. Ambos estaban aplastados por el dolor, aturdidos, sorprendidos e indefensos. En la puerta del gran zaguán de la casa, Lucho Vargas estaba esperando. Esperando no sabía qué. ¡Anhelante! Cuando crucé el umbral me tocó el hombro con la mano. No pudo hablar. Yo entré vacilante. Estaban soldando la urna…”

(Eduardo Anguita en “Vicente Huidobro”, 18 enero 1948)

El primer funeral

“Ceremonia triste, patética, rara, desolada y tan terriblemente significativa de los funerales del poeta: aquel cortejo, esa marcha interminable tras un furgón hermético: misterio pintado de negro. Bajar hacia el mar desde la falda de las colinas y seguir por senderos de arenas, por dunas, por eucaliptos...

Una especie de pesadilla, como ir al otro mundo.

El cortejo llega por fin a un cementerio pequeñito, escondido detrás de las casas. Cuesta entrar el ataúd por la puerta estrecha. Una capillita mínima, en un campo de cruces brotadas del suelo árido. Ahora el ataúd está en tierra y alguien habla. Habla poco. El que creó familias, escuelas, partidos, cenáculos… yace profundamente solo, a distancia”.

(Hernán Díaz Arrieta en “A propósito de Vicente Huidobro”, enero 1948)

El Lugar Definitivo

“Un día Vicente dijo a mi hijo Joselo, señalándole unos árboles en la colina donde estaba la casa y desde la que se dominaba el azulísimo mar de Cartagena: ‘Yo quiero que me sepulten aquí en esta tierra de los míos, frente al mar’. Diez años más tarde sobrevino la prematura muerte del poeta. Se cumplió su voluntad: está sepultado en la colina de Cartagena, bajo los pinos esbeltos, de cara al mar, como un vikingo (…) No he vuelto a Cartagena desde antes que él muriese. Mi hijo Joselo visitó la tumba de Vicente allá por 1970; me dijo que estaba exactamente en el sitio que el poeta le señalara. Entre pinos, bajo el viento, sobre el mar, cerca de algunas casas rústicas, entre el silencio del atardecer impecable y los rumores inquietantes de los mediodías preñados de sol. Capricho de poeta y mago.”

(Luis Alberto Sánchez)

La Tumba del poeta, declarada Monumento histórico el año 1992, se encuentra a metros del Museo en la cima de una colina frente al mar.



ABRID LA TUMBA
AL FONDO
DE ESTA TUMBA
SE VE EL MAR

Vicente Huidobro murió en su casa de Cartagena, la tarde del viernes 2 de enero de 1948. El alcalde prestó una tumba en el Cementerio de los Pescadores para que fuera sepultado provisoriamente, mientras amigos y familiares obtuvieran la autorización para erigir su tumba en el lugar que él había escogido, en las proximidades de su casa.